martes

Inmortal
















El Día del Libro, varios escribidores decidimos (como pequeño homenaje) colaborar en la creación de un relato.

He aquí el resultado:


La miré a los ojos. La profunda serenidad que su mirada desprendía fue como un bálsamo para mi dolor. La pena comenzó a retroceder hasta lo más recóndito de mi alma a la vez que mis labios, imitando a los suyos, se curvaban en el nacer de una sonrisa.

--Ven -me dijo- abandonemos los caminos de la tristeza.

Estaba tan perdido que me dejé atrapar por esa serenidad, por esa necesidad de apaciguar los demonios que habitaban en mí. La seguí, y mis demonios también, sin un rumbo fijo. Nuestro momento, es nuestro aquí y nuestro ahora.

--Antes de que sigas es necesario que sepas algo -dije.

Tomé aire y empecé a expulsar la angustia acumulada en mi pecho a lo largo de tantas tardes de otoño

--Yo... debo decirte que no puedo comprometer mi afecto. Sabes que te tengo en alta estima, pero mi vida, que no mis sentimientos, está comprometida con otra persona y jamás podré faltar a mi palabra. Ella, sin siquiera mirarlo, se alejó corriendo. Él montó en el caballo y partió hacia Oban seguro de que acababa de romper su corazón. 

Pasaron los años y aquel amor de juventud se fue olvidando, no por los dos de igual forma. Él, no consiguió desechar de su corazón la imagen de aquella joven que en un momento crucial de su vida le ofreció su amor sin condiciones. Ella vivió, durante algún tiempo con el corazón destrozado pero, al fin, consiguió amar de nuevo, con la misma intensidad, a otro hombre que la aceptó tal y como era.
Una tarde de lluvia, cuando miraba caer las gotas a través del ventanal del restaurante, vio pasar la figura encorvada de aquel que emanaba, con su lento andar, esa paz y melancolía que un día la atrapó en un mundo de sensaciones jamás vueltas a sentir, para después abandonarla. Tuvo un impulso y dejando atónito a su pareja fue tras él sin saber a qué se enfrentaría.

Él la vio...La vio casi sin mirar, con miedo, como si fuera una aparición a la que su cerebro se negara aceptar. Las imágenes pasadas se iban agolpando, como ráfagas, como latidos, y cuando se quiso dar cuenta...Ahí estaba ella. Sus miradas se cruzaron. Sus cuerpos se estremecieron. Sus recuerdos se agolparon en sus mentes. El tiempo parecía haberse detenido. Él apenas acertó a musitar:

--Eres tú... ¿O es tu cruel recuerdo, el no olvido, el que me hace ver un espejismo?
Ella acarició su rostro, apenas un roce, pero a él le pareció que sus dedos ardían. 

- Te sigo amando - le dijo él-. Como siempre...

- No. Amas mi recuerdo, mi sombra, la imagen que tienes de mi. Apenas hemos hablado, apenas nos hemos tocado, para que puedas sentir ahora lo que entonces me negaste.

--No. ¿Qué sabes tú? Siempre te he amado. Te lo dije. Hoy, como ayer, como siempre, te amo desde lo más profundo de mí. Hice lo que debía hacer. Volvería a hacerlo de ser necesario. No he venido a buscarte. No tengo derecho...

Se acercó hasta que los cuerpos se rozaron y, tomando su cara entre las manos, lo besó en los labios con toda la ternura olvidada, con toda la pasión retenida en siglos.
La apartó de él y la miró a los ojos como hiciese tanto tiempo atrás. Vio como la dulzura del pasado iba sustituyendo las dudas del hoy. Los labios de ella, imitando los suyos, se curvaban en el nacer de una sonrisa.

--Ven -le dijo- Oban ya no existe. Abandonemos los caminos del ayer y creemos un futuro para el mañana.

Y así, abrazados el uno al otro, comenzaron un nuevo andar sabiendo que, cuando llega al alma, el amor es inmortal.
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Escribieron:
Begoña Rosa; Osvaldo del Valle; Rosa G. Panera; Nicole Regez; Acacia González; Soledad Palao Sires; Spirou Bilbo; Llum Saumell y Salva Ramírez.
 
 
 

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