viernes

© Insatisfacción











Relato publicado en el Grupo de Literatura erótica




Le sujeté las manos, las subí hacia el cabecero y la contemplé; me gustaba verla así, prisionera de mis deseos. Me miraba con ojos que la pasión volvía turbios y prometedores, la boca entreabierta y la respiración entrecortada. Estaba completamente enardecido. Aquella era mi mujer, esa con la que había soñado tantas veces, a la que había deseado con tanta vehemencia desde el primer momento.
Hasta entonces se habían dormido mil caricias en la palma de mi mano, en mis dedos se impacientaba la luz ardiente del fuego que brotaba de mi cuerpo, mi boca estaba llena de palabras dulces, lascivas, rebosantes de la lujuria que brotaba de los poros de mi piel y buscaba donde saciarse. Había derrochado todo en otras, pero ellas fueron siempre ella, sin serlo en realidad. Las adoraba a todas pero nunca lo suficiente, buscaba en ellas el cuerpo que me excitaba, los senos erguidos que adivinaba miel en mi boca. No había emoción ni sentimiento en todo aquello. Había cubierto otras etapas y ahora necesitaba pertenecer, poseer, entregarme de verdad.
Ella fue como musgo que trepara por mi espalda. Por ella creció en mí un catálogo de sabiduría, inventaba cómo, cuántas veces y dónde la besaría, lo que le diría al oído cuando mi boca paseara por su cuello, cómo besaría su ombligo y jugaría con el vello de su pubis; era mi tentación y la brasa de sus ojos no me dejaba huir de aquella agonía. Cuando venía a mí pensaba en lo que le regalaría.  Ella jugaba conmigo al mirarme, me provocaba y yo seguía aquel juego que me iba encendiendo poco a poco.
Pero era un ser libre y yo una veleta que giraba con el viento; entraba en mi vida como un vendaval y cuando ya creía tenerla, desaparecía. Para cuando me di cuenta era ya el agua para mi sed, la enredadera que trepaba por mi cuerpo, la espina de la flor que hiere levemente.
Ahora mi sueño se había hecho realidad, pero yo pertenecía sin poseer apenas, me entregaba sin pensar por cuánto tiempo. Había una especie de fiebre desesperada en mí con cada nuevo encuentro. Tenerla entre mis brazos me parecía un milagro y mientras el sudor resbalaba por mi espalda cuando hacíamos el amor, yo pensaba que me conformaba con aquello pero quería más, mucho más.