sábado

© Aquellos veranos de ayer










Sentada en la butaca de una terraza mirando al mar, pensaba en cuánto han cambiado los veranos y las vacaciones. Hoy han llegado al pueblo cientos de personas ilusionadas por el mes que tienen por delante, por las expectativas sobre lo que harán en estos días dedicados a no hacer nada.

Eran días muy cansados, había que preparar la comida pronto, para evitar el calor de la cocina a mediodía, luego vestir a los niños y una misma para bajar a la playa, la bolsa con bañadores de repuesto, toallas, cremas y manzanas para que tomaran algo a media mañana, agua, pañuelos, gorros para el sol y una silla para sentarse en alto y poder vigilarlos cuando se acercaban a la orilla. Y lo mismo por la tarde, o para variar, pasarla en el pinar charlando con las amigas y vigilando las travesuras de los niños. Nos daba la risa cuando alguien nos echaba en cara que estábamos siempre de vacaciones

Agosto era otra cosa, en realidad era lo mismo pero estaba él y podías compartir las tareas, principalmente agradecías que se llevara a los niños a la playa y aprovechabas el quedarte sola en casa para hacer las cosas despacio y dedicarte un poco a tu persona, que te habían crecido las uñas y ni tiempo para limarlas habías tenido. También estaban los días de comida en la cervecera, pollo asado, ensalada, croquetas y helados, los niños correteando por el tinglado y los dos charlando tranquilamente. 

Si tenías suerte venía una de las abuelas a pasar unos días a casa y entonces te podías permitir el lujo de salir a cenar y tomar una copa y bailar. Al volver a casa, el último cigarrillo sentados en el pretil del paseo marítimo mirando la negrura del mar y el reflejo de las luces del pueblo en las aguas tranquilas, con la brisa en el pelo y como los críos, riendo de picardías que nos alegraban el momento.
A veces una de las abuelas se ofrecía voluntaria, se quedaba con los niños y aprovechábamos para hacer algún viaje los dos solos. Debió de suceder muchas veces, porque ahora me doy cuenta de que recuerdo muchos lugares que conocí en aquellos tiempos, algunos que más tarde repetimos para conocerlos mejor.

Los veranos han cambiado, es cierto, pero creo que, fundamentalmente la que más ha cambiado he sido yo.