domingo

Nubes blancas sobre un cielo azul - 8











   ¿Aquel tipo de melenas y barba era él? La verdad es que le costaba reconocerse. Se miraba reflejado en el espejo del baño, que poco a poco volvía a llenarse de vaho. Estaba meditando sobre la conveniencia de cortarse algo el pelo y arreglarse la barba porque, sin duda, parecía mayor de lo que era, con las canas que ya iban creciendo entremezcladas con su pelo natural. Si me pongo en una esquina, se dijo, no necesitaría extender la mano que seguro me iban a dar limosna. Demasiados días de acá para allá, muchos pueblos y gentes y esa impaciencia ilógica por llegar y volver a partir enseguida. No podía decir que estuviera cansado, solo que no veía la razón para arreglarse, dedicar tiempo a ello le parecía perderlo sin sentido. Claro que ¿qué otra cosa tenía que hacer sino gastar su tiempo en recorrer carreteras sin meta, ni motivo? No estaba descontento, ni triste, solo pensativo, porque dejarse llevar por la vida, no tener obligaciones, ni preocupaciones, ni nadie a quien cuidar o comprender, podía ser estupendo, o eso había pensado al principio. Ahora, después de casi un año de ir de un lado a otro, se daba cuenta de que no era tan sencillo. Necesitaba parar, hacer algo más que recorrer caminos, seleccionar en frío todas las ideas que habían nacido en su cabeza, gracias al tiempo libre. A lo mejor había llegado el momento de pensar en lo que realmente le había empujado a salir huyendo. Aquel tiempo viajando le había permitido esconder su amargura en un rincón de su corazón, puede que, por fin, ya estuviera convertida en polvo y pudiera soplarlo para que desapareciera definitivamente. Una vez más se preguntó si lo sucedido había sido culpa suya, aunque sabía la respuesta. En este caso no podía alegar desconocimiento, sabía perfectamente lo que había, pero no le había importado, lo único que podía pensar era que deseaba a Marga y que haría lo que fuera por conseguirla. 

Ricardo era su amigo, ambos habían nacido en el pueblo y habían ido juntos al mismo instituto, Pablo se había quedado en el pueblo y Ricardo se fue a la ciudad para trabajar en la empresa de uno de sus tíos. Hasta ese momento siempre habían ido juntos a todas partes, a las fiestas de los pueblos, las escapadas a la ciudad cuando empezaron a necesitar alguna mujer y se habían echado una mano cuando la necesitaban.

Se pasó la mano por la frente, aún le dolía pensar en ello y sabía que sería así el resto de su vida. Cuando Ricardo se fue del pueblo fue como si hubieran apagado las luces, durante un tiempo todo quedó a oscuras para Pablo. Hasta que un día volvió con la intención de arreglar la vieja casa de sus padres, para poder utilizarla de vez en cuando. 



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