martes

Nubes blancas sobre un cielo azul 7-



De la Red





      Cuando llegó a Hornillos pensó que buscaría un lugar para dormir y de paso compraría algunas cosas que le hacían falta. Unas zapatillas cómodas, por ejemplo, porque había tenido que tirar un par de los dos que llevaba. Primero entró al bar de la plaza a tomar algo caliente y allí la vio tras la barra moviéndose de un lado a otro con eficacia. Sin saber porqué el corazón le dio un vuelco. Había visto y disfrutado de algunas mujeres mucho más hermosas que aquella y sin embargo fue verla y ya no quería irse de allí. No le costó entablar conversación. No solo era bonita sino que también resultaba simpática y parecía lista. Cuando llegó la hora de cerrar, Pablo aún seguía allí. Para entonces ya habían cruzado miradas prometedoras, risas nerviosas y varías frases de esas que dicen una cosa pero significa otra. Salieron del bar y le ayudó a bajar la persiana, entonces puso su mano sobre la de ella y advirtió que no la retiraba. Atravesaron la plaza y subieron por una calle que parecía llevar a la parte alta del pueblo. En un rincón pintoresco se pararon a mirar hacia abajo para ver los campos perderse en el horizonte, como si fueran un mar de cultivos. Acodados en el pretil dejaron que el aire acariciara su cara. Se estaba bien. Entonces Pablo la tomó de la cintura y la atrajo hacia él. Notó como el cuerpo de la mujer se envaraba y cómo en sus ojos se reflejaba un atisbo de miedo. 
 — No te preocupes, no va a suceder nada, a no ser que tu quieras.
 — Es que no acostumbro a hacer estas cosas y la verdad, no sé cómo reaccionar ante ellas
 — Bueno, me has dicho que te llamas Elena, yo soy Pablo. Estoy haciendo un viaje a ninguna parte, no sé cuánto tiempo durará, he pasado por aquí como podría haberlo hecho por cualquier otro lado. Pero nunca se sabe, quizá decida quedarme en alguno, si encuentro algo que me retenga. ¿Y tú, que me cuentas de tí?
— Poca cosa, la verdad, siempre he vivido aquí, mi madre murió el año pasado. Me quedé con ella cuando murió papá, no quería irse de aquí y tampoco quedarse sola. Estoy ahorrando porque algún día me iré. 
      Pablo la estaba mirando sin poder apartar la vista. Sentía una excitación que apenas podía controlar. Ella se dio cuenta porque primero retrocedió un poco y luego, como si hubiera tomado una decisión, se acercó tanto a él que podía olerla. Tomó su melena con la mano y se la retiró de la cara, luego acarició suavemente su nuca. No tenía prisa, pasó los dedos suavemente de arriba abajo y la miró a los ojos fijamente. Ella le dejó hacer. Finalmente reposó la cabeza en su hombro y permitió que la abrazara y deslizara las manos por su espalda. Pronto los dos respiraban con dificultad, el abrazo se hizo más profundo y atrevido. Cuando se besaron en la boca comenzaron a caminar, sin soltarse, hasta el coche y allí en la parte de atrás hicieron el amor. 
      Ya en la habitación de la pensión, mirando al techo recién pintado, recordó cada momento, cada caricia, todas las palabras que habían pronunciado como si fueran una verdad irrefutable, aún podía sentir el aroma de su cuerpo y el sabor de su boca. Podría quedarse allí ¿qué o quién iba a prohibírselo, a dónde iba y por qué? Con estos pensamientos por fin se quedó dormido. 

     Pasaron diez días, diez maravillosos días con sus horas. Habían recorrido juntos los campos, los caminos, las orillas del río y habían hecho el amor en unos sitios y otros y todo era perfecto para Pablo. Sabía que era algo precipitado, pero estaba tan feliz que dudaba si debía quedarse allí hasta saber si aquello era realmente amor o solo un calentón pasajero. Aquel día Elena cerró el bar antes de la hora y vino a buscarle, solía tomar café en una tabernita cerca de la Iglesia; ella le había pedido que no fuera al suyo para no comprometerla. No le había parecido mal, tampoco se preguntó de qué o de quién tenía que esconderse. Sin apenas saludarle y muy nerviosa le dijo:
— Tienes que irte, hoy mismo, quiero que no estés en el pueblo cuando llegue mi marido.
— ¿Tu marido? —Preguntó Pablo sorprendido— ¿Estás casada?
— Sí, claro. Creía que ya lo sabías. Está de viaje, conduce un camión y suele viajar por Europa, viene cada tres o cuatro semanas, dependiendo de la carga que consiga. Llega hoy.
     No hablaron mucho más. Recogió sus cosas, pagó la pensión y se puso en marcha. ¿Cómo no había pensado en ello y no había preguntado a alguien? Sentía una rabia sorda, también desilusión y desde luego pena. Hubiera hecho cualquier cosa por ella. Una vez lejos del pueblo, tomó una carretera que parecía llevar a unos caseríos al pie de la colina, paró el coche y se puso a llorar. Por qué lloraba, se preguntó al cabo de una rato, solo habían sido diez días, en realidad qué sabían el uno del otro. Sin embargo algo le decía en su interior que aquella mujer hubiera sido la suya si ella hubiera querido.
     Luego regresó a la carretera principal y volvió a mirar hacia delante.  Había muchos lugares a los que llegar.



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