viernes

Nubes blancas sobre un cielo azul - 6


En la Red





— La niña es hija de mi hija, así que imagine cuanto la quiero. Hace un año que la he conocido. Ni siquiera sabía que existiera. Mi hija se fue del pueblo cuando aún era muy joven. Al principio nos llamaba muy de vez en cuando, luego dejó de hacerlo y nunca supimos dónde estaba, ni si las cosas le iban bien o mal. Se fue porque aquí se ahogaba, no quería ser una campesina más, aspiraba a otras cosas y estaba segura de que lejos de estos lugares y de esta gente, conseguiría todo lo que soñaba. No sé si sería cierto, no sé si consiguió algo de lo que buscaba. Un día apareció de nuevo, su padre ya había muerto y yo era una persona mayor y triste. Estaba irreconocible, delgada y con el pelo rubio, vestida con prendas que no le cuadraban a la muchacha que se había ido de casa un día. Y una niña asustada tomada de la mano. Solo quería dejarla aquí conmigo; lo que había sido tan malo para ella, ahora le parecía lo mejor para su hija. El hombre con el que la había dejado y ella había salido huyendo de allí, para protegerse y proteger a su hija.
  
    No entendía bien lo que me decía, solo que quería que yo cuidara a la pequeña y que la iba a dejar a mi cargo, porque ella pensaba irse de nuevo.
   — No sé porqué le cuento todo esto. Es curioso porque no se lo he contado a nadie —parecía un poco asustada
— Seguro que necesitaba compartirlo con alguien —aseguró Pablo— No se preocupe, yo me iré pronto y todo quedará entre nosotros.
   
    El potaje estaba delicioso y los huevos fritos con trozos de uno de los chorizos que colgaban del techo, también. Lo mejor de todo, sin embargo, fue el arroz con leche. Después le preparó un aromático café de puchero que le supo a gloria. Se negó en redondo a cobrarle nada. Pablo sintió una especie de vergüenza y gratitud por ello. Durante el resto del camino meditó sobre la gente, la buena gente y la mala gente. Y sobre las sorpresas y alegrías que nos da la vida a menudo.
   Antes de irse sacó de la maleta una preciosa cajita de nácar en la que su madre solía guardar las pocas joyas que tuvo a lo largo de la vida, era un preciado recuerdo. Se la regaló a la mujer. Como se negaba a aceptarla, le dijo que se la guardara con cuidado, porque pensaba regresar a buscarla cuando terminara su viaje.

No hay comentarios: