lunes

Nubes blancas sobre un cielo azul - 2º




Bajada de la Red





   ¿Por qué no iba a ser algo normal? A lo mejor se iba de viaje y necesitaba algo del despacho. Echó una ojeada por la sala común. Nadie miraba a nadie, cada uno se aplicaba a lo suyo con las cabezas metidas entre los papeles, como si les hubiera entrado, de pronto, un ataque de actividad. Junto a su mesa, la de Vergara, su compañero en los últimos dos años, estaba vacía y recogida, sin papeles, sin el retrato de su Pomerania de lengua sonrosada y ojos vivos y escrutadores, interrogantes. También había desaparecido el cactus enano que decían evitaba las radiaciones de la computadora. ¿Se había ido? ¿Por qué? El corazón le dio un vuelco. Ya sabía que algo estaba pasando y seguro que aquello tenía que ver.
   Apenas le dio tiempo para sacar los papeles de la carpeta y ponerlos sobre la mesa, cuando sonó el teléfono. Era una llamada interior. El Jefe. Mientras descolgaba miró al despacho y vio que seguía mirando a la calle, como si buscase a alguien o algo, con el auricular pegado a la oreja.
   —Ribas, venga, por favor. Tenemos que hablar.
   Las piernas empezaron a temblarle y las manos se le humedecieron de pronto. Esto no le gustaba. Bueno, no debería preocuparse hasta no saber qué quería, a lo mejor le pedía que fuera con él a ese viaje imaginario, no sería la primera vez.
   —Buenos días señor Mendoza. Dígame.
   —Ya sabe, Ribas, los negocios no funcionan. Cada vez hay menos trabajo, las cosas van mal y no parece que vayan a solucionarse en poco tiempo. Las exportaciones han disminuido mucho y ya ve cómo va el mercado nacional. Si no hacemos algo pronto, todo se irá al carajo —seguía frente al ventanal y no se volvió a mirarle— No me gusta lo que voy a decirle, pero no queda más remedio, no es usted el único y no es porque no cumpla con sus obligaciones, es porque alguien tiene que ser y usted es de los que han llegado de los últimos y su trabajo puede hacerlo cualquier otro de los que se queden.
   Le daba vueltas, titubeaba, se sentía inseguro. Así que Pablo, sin saber por qué decidió ayudarle.
   —Estoy despedido ¿es eso? —Le temblaba un poco la voz— ¿Quiere decirme que me ha tocado a mí y no a otro? Bueno, pues ya está dicho. Puede dejar de mirar por el ventanal y mirarme a mí a los ojos.
— Tiene usted el tiempo legal para organizarse —Por fin se dio la vuelta y le miró de frente. Estaba pasando un mal rato— y cobrará la liquidación a la que tiene derecho y dos meses más. De verdad que lo siento, pero las cosas están así. Me gustaría que todo hubiera seguido igual.