domingo

Como la fruta madura



Imagen de la Red autor desconocido





      Desde la cima de la colina, a la que he subido esta mañana, contemplo el valle de hierba verde, las plantaciones de maíz y los árboles cargados de manzanas. A lo lejos el mar que se mezcla con el cielo y se pierde en el horizonte. He subido despacio, a pasitos cortos y parándome de vez en cuando. Estos viejos caminos por los que no hace tanto, correteaba y hablaba sin descanso, sin sentir fatiga, han puesto ahora cuestas para mí, donde apenas había ligeros desniveles.
      Miro a lo lejos, como he hecho tantas veces, pero no veo lo mismo. No hace mucho tiempo pensaba en subir la siguiente colina e ir cada vez más alto hasta llegar a la cumbre para visitar la ermita de la Virgen, solitaria y robusta en medio de la nada, cubierta de nubes espesas que el sol trataba de atravesar. Ahora la veo allá arriba y me digo ¡quién pudiera volver a aquellos tiempos, cuando todo parecía tan sencillo!
      El mundo ha cambiado tanto en este tiempo ¿o he sido yo? o quizá ambos. No hace tanto que despertaba con la seguridad de que tenía muchas cosas que hacer y la certeza de que sería capaz de hacerlas. Muchos días amanecía con esa sensación amarga de haber dicho o hecho algo inadecuado el día anterior y la pena de no haber sabido que lo que hice o dije iba a molestar a alguien. Cuantas mañanas me sentaba en la cama y me decía: ¡ya no puedo más! y sin embargo seguía adelante. Llegar hasta aquí ha sido una tarea ardua y tan difícil para mí que no he entendido apenas nada. Miro ahora, sentada aquí arriba el mundo, esta pequeña parcela que me pertenece y me pregunto qué hice bien y qué hice mal, quién supo entenderme y a quién entendí yo, a quién quise, a quién quiero y quién me quiso y me quiere a mí.
      La vela azul de un yate surca el agua, ¡azul! me digo. Es diferente a todas las demás. ¿Cuántas veces he pensado que yo también lo era? Ha sido así porque mi forma de ver las cosas coincidía poco con la de los demás, o por la mirada sorprendida cuando decía algo que parecían no entender. ¿Qué buscaba, ser diferente? Nunca he buscado nada, esa es la verdad, tampoco ahora escribiendo esto. Me parece que mi manera de ser no despierta demasiadas simpatías. ¿Me quieren los demás? Sé quienes me quieren. Pero ¿y los demás?
      Aquí y ahora ¿me importa todo esto? Creía que no, pero pienso que sí. Un día alguien me dijo que esperaba más de lo que me podían dar. Ya, puede que sea cierto. Y sin embargo en realidad espero solo que me quieran, es tan sencillo. Cuando hablo de querer no me refiero a ese amor natural, el que esperamos de nuestra familia y nuestros amigos más íntimos, sino al cariño que se demuestra con pequeñas atenciones, con palabras afectuosas, con una sonrisa, una pregunta, un ligero abrazo, un beso improvisado, un deja ya lo hago yo, o te pongo un café, no te he leído estos días que tal estás, que agradable es charlar contigo... simplemente palabras dichas sin impaciencia, sobre todo cuando uno no tiene su mejor hora.

      Mirando desde arriba, desde la distancia, con tiempo suficiente para pensar, te das cuenta de que la vida se centra en otras cosas. Lo que de verdad debiera ser importante se guarda en el interior de los corazones y no sabemos sacarlo y decir así soy yo, mucho más corazón que razón, mucho más necesitado de amor que de orgullo, mucho más ansioso de dar, mucho menos de aparentar. Decimos que ya somos tan maduros, hemos aprendido tanto de la vida, somos tan capaces de abstraernos de lo feo para quedarnos con lo bonito, que nos creemos vacunados contra la enfermedad de la tristeza, de la soledad, de las necesidades sentimentales.  Es como si los malos recuerdos quedaran sepultados, las rencillas o los desamores fueran el abono de la presente felicidad o serenidad que nos proporciona la madurez. Solo de vez en cuando nos asaltan las dudas, ¿qué hice mal? ¿Por qué me pasaba esto y aún me sucede?  Nunca ha sido mi intención, pero no aprendo a darme cuenta de lo que no hago bien, pues me sigue pasando.
      Quizá es que solo nos defendemos de nosotros mismos hasta convencernos de que no podemos ser otros diferentes. Por eso, con los años, queremos mejor, porque ya sabemos que amar es querer sin condiciones, tal como son los demás, tal como somos y fuimos. Sin pedir, sin esperar, estando ahí sencillamente.

 ©Rosa G. 


2 comentarios:

Tramos Romero dijo...


Que sinceridad en tu escrito, natural y con mucha vida me ha resultado tan ameno que acabó demasiado pronto.
Mi percepción fue: verdad tras verdad, con una narración muy buena.
¡te felicito¡
Un gusto irte conociendo,

Besos muchos

tRamos

Rosg. dijo...


Tengo que ir a leerte para ir conociéndote a ti. Gracias por tus palabras. Un abrazo.