viernes

La casa roja

Gustav Klimt



La casita roja tenía siete ventanas y estaba en el huerto de arriba rodeada de árboles frondosos. El camino se había borrado cuando la hierba de la primavera creció después de las lluvias. Los viejos ladrillos que formaban sus paredes habían perdido la forma con el correr de los años. En ella vivieron gentes humildes que sufrieron y gozaron por las cosas de la vida. En la casa roja ya no vivía nadie. El pequeño dormitorio conservaba la gran cama de hierro y la cocina el hogar bajo de leña y la mesa de madera brillante de tanto frotarla. Todo era ya viejo pero cada cosa ocupaba su lugar, las pequeñas estanterías guardaban tazones y platos de loza, algunos vasos de cristal transparente y potes en los que se podía ver sal, azúcar, harina y galletas.

Todo eso le sucedía a aquella vieja casa que creía que su tiempo ya se había acabado hacía mucho. Cuando llegaba la primavera el viejo camino volvía pronto a aparecer. Aquella mujer lo recorría cada día al anochecer. Caminaba ligera, alegre y confiada. Pronto en los ventanucos de la casa lucía la luz de las velas y el fuego chisporroteaba calentando el puchero, que dejaba un aroma delicioso en la pieza.

Luego peinaba su pelo con mucho cuidado y lavaba sus manos y su cuerpo con agua deliciosamente perfumada con flores olorosas y dulces y se sentaba en la puerta a esperar. A veces venía, otras no. Pero ella siempre estaba allí esperando confiada.

Fue en otoño, habían pasado tres días y él no había vuelto. No quería preocuparse, pero lo hizo. La última vez que se vieron él la había amado de una manera extraña y apasionada, como si algo se le desgarrara dentro. Se aferraba a su cuerpo y a su boca como si fuera a devorarla, como un hambriento ante el último bocado de su vida. Había sido extraño y a la vez excitante.

—¿Que tienes, amor mío? —le había preguntado extrañada
— Nada, no debes preocuparte. Te quiero mucho —contestó besándole de nuevo.

Discretamente preguntó en el pueblo. Se había ido. ¿Irse, a dónde? a la ciudad con sus padres. Iba a casarse.


Tres días después la casita roja desapareció abrasada por las llamas. Nadie se explicaba cómo podía haber sucedido algo así si aquella zona era solitaria y apenas nadie la frecuentaba.

Tres meses más tarde ella se fue del pueblo y no volvieron a verla jamás.



©Rosa García