viernes

Dudas







Ayer me llamó Marta. Hacía por lo menos un mes que no nos veíamos. Ha estado fuera, en Madrid, para ver a su madre que tiene ya un carro de años y de paso darse una vuelta por algún museo y alguna tienda y ver a sus amigas de soltera.
Sentadas en el rincón de siempre en el café de siempre, hemos vuelto a hablar como si nos acabáramos de ver ayer mismo.
— Estuve con Pablo —me dice con una media sonrisa.
— Hmmm! ¿Por qué o para qué? —le pregunto porque ya sé cómo suelen acabar esos encuentros.
—Se cruzó con mi hermano y él le comentó que estaba en Madrid, así que me llamó para invitarme a comer. Está muy guapo y parece que por fin ha madurado. Al menos estuvo conmigo tranquilo, amable y un poco coqueto.
— Hmmm! ¿Y eso que efecto te hizo a ti?
— Pues... la verdad es que está bueno y sigue teniendo un polvo, pero yo ya le he probado y sé a qué sabe. Solo hablamos de cómo nos iban las cosas, de cómo va el asunto del trabajo y de paso me preguntó si ya le había reemplazado por alguien. Le hice la misma pregunta. «Como tú ninguna» me dijo. Me dio un ataque de risa porque sonaba a falso por mucha sonrisa lasciva que me dedicara. Pero me pareció que había un deje de tristeza en su voz. Por eso le miré detenidamente. Nos miramos, diría yo. « ¿Qué hemos hecho mal? » me preguntó luego. Pero yo no tengo la respuesta a eso porque me lo he preguntado ya antes mil veces sin encontrarla.
— ¿Qué te pasa, Tita? te veo un poco triste. ¿No irás a pensar ahora que no hicisteis bien al separaros?  Recuerda cómo iban las cosas cuando lo hicisteis.
— Tienes razón, nena. No me hagas caso, es que tengo días tontos y un poco tristes y no sé por qué. Bueno, sé que le echo en falta. Seguro que es porque necesito tiempo. Dicen que el tiempo lo borra todo. Y puede —la cara de Marta se ilumina con una espléndida sonrisa y me guiña un ojo— que lo que necesite sea un tío hábil que me refresque un poco la cabeza y me caliente todo lo demás.   

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