sábado

La habitación en sombras






Reina la penumbra en la habitación. La luz de las farolas penetra entre las ranuras de las persianas de rafia que cubren las ventanas. El hombre se abrocha los pantalones y se coloca la gorra sin mirarse al espejo. es muy alto y delgado y me mira sonriendo. Sentada en la cama, con la espalda recostada en la pared le observo moverse entre las sombras. Parece un gato enorme que se deslizara de un lado a otros sin ruido, lleno de armonía. Me gusta verle. No solo éso, aún recuerdo la noche que acabamos de pasar. Sé que ha sido buena, aún siento la debilidad en mis piernas y esa laxitud que domina mi cuerpo despues del sexo. No deja de mirarme cuando vuelve a acercarse a la cama, se inclina y me besa suavemente en los labios. Mis ojos quedan frente a los suyos, abiertos como si el espanto los dominara. Parece que va a marcharse, pero vuelve y me besa una vez más. Y luego desaparece.

Sentada en la cama, con los brazos en alto y las manos en la nuca, me dejo llevar del bienestar que siento. Tal vez vuelva de nuevo. No, se ha ido.

Por fin decido que es hora de levantarme. Mis pies se posan sobre la alfombra perezosamente. La bata se ha deslizado al suelo desde la butaca. Me he mirado al espejo, me siento bien y eso se refleja en mi cara. Pero ¿Soy yo esa que está ahí? Me fijo mejor y entonces me veo, esa sí soy yo, con el pelo revuelto, las ojeras un poco marcadas, un ligero gesto de amargura en los labios y la piel relajada. ¿Dónde está la preciosa morena de la habitación en penumbra?

Camino perezosamente en dirección a la cocina, estiro mi cuerpo y dejo que se escape un bostezo. Cuando entro en la cocina me despejo de repente. Tengo cosas que hacer. Lo mismo que ayer y seguramente lo mismo que mañana. Y de repente vuelvo al mundo real.