sábado

Una mañana soleada de Otoño



La base de las rocas está negra, parecen carbones que brotan del mar. Años y años, siglos tal vez han renegrido la piedra que originariamente era gris clara y en algunos puntos blanca. O puede que ese color oscuro sea la consecuencia de alguna marea negra ya olvidada. El caso es que las rocas están ahí negras en su base y blancas en la cima, bañándose en el mar, rodeadas de pequeño oleaje que las va bautizando con su espuma. En una de ellas, la más alejada, la más alta, la de la autoridad, un cormorán otea el horizonte. Su cuerpo corta el azul del cielo como si fuera una estatua de mármol negro, la pequeña cabeza gira a derecha e izquierda seguramente vigilando si algún peligro acecha.


En la roca inmediatamente detrás, blanca como los huesos de un animal muerto hace tiempo, otros cuatro cormoranes reposan pacíficamente. Cada uno orientado hacia un punto cardinal, como suele pasar en las familias cuando no quieren hablarse. El sol se refleja en su plumaje negro con tonos azulados y brilla como si acabaran de salir del agua.

De improviso el jefe se lanza al agua y todo seguido los demás van tras él. Se sumergen, se pierden de vista, desaparecen. Pero ¡No! Allí a muchos metros de donde se hundieron vuelven a aparecer para desaparecer inmediatamente. Es la hora de comer. El sol se esconde tras una nube gris que se transforma en rosa oscuro.

En el muelle aún queda gente contemplando el mar, el agua sube y baja y oculta la escalerilla. Desde el fondo, de pronto surge un hombre vestido de neopreno, se aferra a la débil barandilla y trepa con las gafas y las aletas en la mano, chorreando agua, brillante, satisfecho. Definitivamente es la hora de comer.

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