viernes

Pensamientos





Caminaba con mi perro esta tarde por el paseo que transcurre sobre la playa y el acantilado. La yerba fresca hace feliz al enano, un Pomerania negro de patitas cortas y mucho pelo sedoso y aleonado. Por mucho que lo vea, el lugar me encanta. Y hoy estaba especialmente bonito. Y la suave brisa y el sol del atardecer atravesando los árboles del parque que culmina el acantilado. Sentada en el banco, mirando al mar, las barcas pescando en el horizonte, los remeros entrenando y en la playa los últimos locos de la arena y el agua, pensaba.
No sabría bien en qué, pero pensaba, recordando en mi corazón los viejos sentimientos de siempre. No he cambiado, sigo siendo la misma.
Cuando volvía a casa, delante mío iban dos amigos charlando. Eran dos hombres con muy buena planta y para mí jóvenes, aunque podrían tener cuarenta años. Sinceramente, estaban muy buenos. Me he fijado en sus piernas fuertes, sus culos prietos y sus espaldas anchas. Me ha dado la risa porque estaba haciendo lo que suelen hacer los hombres mayores, esos a los que llaman viejos verdes.
Luego he pensado que ese era fruto prohibido para mí. Ya, ya sé que si una quiere todo es posible. Pero la verdad es que hay cosas que, a medida que el tiempo pasa, ya no volveremos a hacer, porque no podremos o no querremos. Me ha dado un poco de pena, porque a quién no le apetece un dulce. Da igual. Hay cosas que no podremos hacer. Sin embargo hay otras que solo podremos hacerlas cuando cumplamos algunos años de más. Piensa tú, que me lees, cuáles son unas y cuáles las otras.