domingo

Convoy89

Vagón 43. ¿Por qué?







Cuando ya habíamos recorrido unos cuantos kilómetros, me di cuenta de que aquello era una huida en toda regla. Miré hacia atrás, las fachadas blancas de las casas, reflejaban el sol y se iban alejando. Pasamos el primer túnel y salimos a la luz del día caminando hacia el oeste. No había nadie en el vagón. Elegí este tren precisamente porque, si lo deseas, puedes viajar en solitario y yo estaba encantada, si precisamente había emprendido este viaje era para estar sola.

Nacho me había pedido que lo dejara todo y Jaime que me iba a dejar si seguía con él. Yo estaba sorprendida porque jamás había pensado dejar nada por Nacho y me extrañaba mucho que Jaime me hablara de abandonarme, precisamente. «Habla conmigo, me pidió» y yo le conté que me acostaba con mi jefe de vez en cuando, que era un tío estupendo en la cama y me gustaba mucho. Me miraba con cara de asombro, aún me da la risa cuando lo pienso. «No sé de que te extrañas, querido —le dije alegremente—, estas cosas pasan y tú lo sabes bien» Pero no es porque él se distraiga, lo de mi jefe; la verdad es que no sé por qué. Me gusta, eso es todo y pensé que era la hora de darme el gusto.

Somos una pareja abierta, independiente. La verdad es que yo no era tan abierta, Jaime sí, él dice que los hombres son diferentes. ¡Ja! Que masculino es eso. Yo no había encontrado un hombre que mereciera la pena, quiero decir: otro. Algunos podrían haber sido suficiente tentación, pero la verdad no me gusta que me digan por dónde tengo que ir, ni cómo, ni cuándo. Tampoco quería una relación, ni nada semejante y yo no tenía nada que ocultar, pero ellos sí. Tampoco me gusta entrar en un bar y sentarme en el rincón más oscuro, o ver a mi chico a horas extrañas, cuando las calles están vacías. Si pensaba que podía gustarme lo suficiente como para repetir la salida y quien sabe si analizar sus cualidades físicas, les avisaba de que no me gusta jugar a la gallina ciega. Ellos sí se escondían: mi mujer, mi novia, mi madre… ¡por dios!

Con Nacho fue sencillo, ni siquiera lo pensé, solo pasó. Me gustaba como olía cuando se acercaba a mí para señalarme algo en el ordenador; también me gusta su buen gusto para todo. Un día me di cuenta de que sentirlo a mi espalda me producía un dulce cosquilleo. Entonces fue cuando lo miré como a un pájaro al que cazar. También cuando afilé mis armas para sitiar la fortaleza. La verdad es que no me hizo falta mucho. A ellos suele resultarles difícil dejar la manzana, cuando una mujer se la ofrece, y yo se la estaba poniendo en bandeja. Para qué perder el tiempo. Tampoco se lo puse fácil. Solo desperté su instinto y dejé que su imaginación trabajara para mí.