viernes

Cuando se pone uno a recordar




Algo, ayer, no sé bien qué, hizo que recordara a mi abuela. Y es bien extraño porque hoy me ha vuelto a pasar. Yo tenía diecisiete años cuando ella murió, así que, como os imaginaréis ha llovido lo suficiente como para borrar cualquier huella de mi memoria. Pero hay personas que dejan ese recuerdo que nunca desaparece y que brota incontinente cuando menos lo esperas.
La casa de mi abuela era enorme, con gran salón, hall grande, biblioteca, varios dormitorios y zona de cocina y office. No, no era millonaria, solo que su casa era grande porque así solían serlo muchas hace tiempo. Hoy me pregunto cómo podría reunirnos a toda la familia cuando llegaba la Navidad. Había tenido ocho hijos, todos casados y cada uno de ellos con un mínimo de tres, por lo que era feliz abuela de una recua de nietos de los cuales yo pertenecía a la segunda generación, aunque mi madre era la más joven de todos sus vástagos.
Aquellas reuniones aún puedo verlas en mi memoria. Mis padres, tíos y algún invitado solitario, sentados alrededor de una mesa bien puesta, tomando ya el café y hablando de cosas interesantes. A alguna de mis primas mayores tocando el piano en el salón pequeño y a sus hermanos la guitarra y cantando villancicos o canciones típicas de siempre. Los pequeños correteábamos por los largos pasillos jugando a escondernos en los misteriosos dormitorios o en algunos rincones que solo nosotros conocíamos. El hijo de uno de los invitados de la casa, un poco mayorcito que nosotros, jugaba a esconderse y a la vez a besuquearnos a las niñas; solo después, cuando me hice mayor, pude comprender lo que aquel muchacho buscaba.
Puede que todo esto me haya venido a la memoria cuando he visto a mi madre, noventa y cuatro años, preciosa por dentro y por fuera, sentada a la cabecera de mi mesa, riendo con sus nietos, sus hijos y tratando de contarles a aquellos las viejas historias de la familia, para que sepan de dónde provienen y porqué tenemos determinadas costumbres, aunque he de reconocer que los jóvenes suelen oír bien pero escuchar peor. Quizá dentro de poco ellos sean los que desgranan recuerdos de su abuela en un día de fin de año.