miércoles

Piazza Navona



Las calles de Roma hierven de gentes que van y vienen, da lo mismo si es temporada de turismo o no. Allí siempre hay visitantes ávidos por absorver todas las maravillas que se reunen en su entorno y llevárselas para siempre a sus casa y poder recordarlas toda la vida.

Yo caminaba por la Piazza Navona, una turista más entre cientos de turistas, admirando las preciosas fontanas, los edificios, las flores y las terrazas tendidas sobre el asfalto como una constelación de estrellas. Estaba cansada y me dolían los piés de tanto andar, así que decidí sentarme en una de ellas a tomarme un capuccino (por cierto, me costó un riñón). Me gusta contemplar a la gente, que ocupada en sus propias cosas, a veces se comporta de una manera extraña para los que les vemos desde fuera. Un grupo de hombres y mujeres ataviados con trajes regionales (parecían suecos o noruegos) cantaban a coro canciones antiguas, ellas tenían mejillas sonrosadas y sonrisas que llegaban de oreja a oreja, se tomaban muy en serio su trabajo y estiraban el cuello como si así se les fuera a oir mejor. Tenían gracia y además cantaban bien en un idioma extraño para mí.

Empecé a sentirme descansada y feliz. Me gusta viajar y observar y cuando lo hago no me sienta turista, sino integrada en el paisaje y el ambiente. Pensando en ello me di cuenta de que enfrente de mí había un pequeña iglesia, integrada entre los demás edificios impactántes y decidí que iba a entrar a verla. Pagué mi consumición y con el corazón palpitante por el susto en euros que acababan de darme, crucé la plaza, sorteando a la gente, empujé la pesada puerta y entré.

Iba preparada para encontrar a un montón de personas, en pantalón corto, cámara colgada del cuello y gorrillas anunciando cerveza y para mi sorpresa lo que hayé fue un silencio sepulcral y la más absoluta soledad. Me sentí sobrecogida, emocionada, me senté en uno de los bancos y miré a mi alrededor. La iglesia, creo que se llama Santa Inés en agonía,  es pequeña, da la impresión de ser circular, estaba casi a oscuras y olía de esa manera especial en que suelen oler los templos. No recé, yo rezo muy poco o nada. Cuando siento necesidad de comunicarme con alguien, ese o esa que ocupa mi interior, aunque no le haga mucho caso, siempre es en las ocaciones en que me siento tan feliz que quiero darle las gracias. Siempre estoy dando las gracias, aunque las cosas vayan mal, porque finalmente siempre se solucionan y lo que nos pasa suele ser la puerta de entrada a otras cosas mejores.

Bueno, esto lo pienso yo, se que habrá quien piense que qué tontería. El caso es que estaba ahí, sentada en medio del silencio, como salida de mi interior y volando por el espacio que mediaba entre la puerta y el altar, con aquella sensación de plenitud que me empujaba a dar las gracias a quien me permitía disfrutar de todo aquello. En medio de mi éxtasis salió un sacerdote por una puerta que debía ser la sacristía. Vestía todas esas túnicas que usan ellos para decir misa, en su mano, como un tesoro, el caliz cubierto por un tapetito blanco.

No encendió las luces, no miró hacia los bancos a ver si alguien quería oir su misa. Yo estuve a punto de levantarme y salir, pero no quise interrumpir su recogimiento, ni el mío la verdad. Dijo su misa con una extraña devoción en un idioma que no pude reconocer. Para él solo, completamente en sintonía con el Dios de su fe. A la hora de la comunión se volvió hacia los bancos por si alguien deseaba comulgar. Nos miramos. Me hizo un gesto y yo otro a el. En ese instante desee compartir con el esa fe y levantarme a acompañarle en su banquete. No lo hice. Pero si volví a dar gracias, a mi propio dios, al suyo y a todos los que el hombre ha necesitado siempre para tratar de entender este misterio de la vida.


Rosg.

1 comentario:

montse dijo...

Precioso por completo. Tontería ninguna. La mayoría de las veces que entro a una iglesia, y te aseguro que son pocas, disfruto del ambiente de recogimiento y de ese olor especial que describes, casi ancestral. Y también creo que es mucho mejor dar gracias por lo poco que pedir en demasía, y sobretodo saber discernir lo importante de lo que no lo es a la hora de pedir algo. Pero todo eso ocurre en un nivel interior bastante íntimo y desde luego no espero hallar a Dios en una iglesia, indiferentemente del culto que se practique en ella, lo que sí encuentro es la serenidad y estado de conciencia que busco. Y eso se agradece mucho en según que momentos de la vida. Un beso.