viernes

Amistades peligrosas


Desde el primer momento en que le vi supe que mi perro era de sangre azúl. Sí, era un cachorrito indefenso que me miraba desde lo alto de su magnificencia. Ni siquiera meneaba la colita, es uno de los pocos perros que teniendo cola no la mueve cuando te ve, por mucho que te quiera, es un problema de su raza, o una ventaja vaya usted a saber. Pero tiene una cara que desarma cualquier deseo de reprimenda, es como la de un bebe sonriente y feliz; mueve su cabeza a un lado y otro en clara señal de que te entiende, lo cual no quiere decir que vaya a hacer lo que le estás pidiendo. Come con exquisita frugalidad su pienso, degusta con exquisita glotonería cualquier cosa que tu comas si se la das, y es dificil no dársela cuando te mira con esa cara que os he descrito antes.

El caso es que voy con él a un parque cercano a mi casa. Hay allí un lugar tácitamente destinado a los perros y la obligación, bajo pena de muerte, de recoger cualquier detalle que los mismos dejen. El mío es exquisito también en éso, da vueltas y vueltas y más vueltas, olisquea aquí y allá, cuando crees que por fin se ha decidido y la búsqueda va a acabar, resulta que no, que tampoco aquel sitio es lo suficientemente bueno. Y vuelta a empezar. El otro día estábamos en ello cuando se acercó una perrita preciosa, blanca, con un lacito en la frente sujetando el pelo hacia arriba. Muy bonita, ya digo y además coqueta, lasciva, provocativa y mi pomeranía no es de piedra, más bien diría que es un salido, así que no necesitó más señales y allí se fué.

Lo que sigue después es todo eso de olisquearse, gruñirse, salir corriendo, volver de nuevo y venga olisqueo y en esas estábamos cuando se acercó un perrillo pulgoso, perdón por la expresión, más listo que el hambre y seguramente con más experiencia que el mío y se llevó a la señorita de calle, lo que no le gustó nada al príncipe de las mareas que se lanzó tras él y montaron un número de celos y posesión que ni en las películas.

Le puse la correa y salimos por piernas, más que nada porque de un banco, donde estaba sentada, se acercaba una señora chillando como si le hubieran cortado un dedo sin anestesia y diciendo improperios de mi pobre marqués de sangre azúl que seguía gruñendo al intruso para que se enterase de quien era el dueño de la dama.

Me fuí, yo soy muy pacífica y no me gusta montar el espectáculo, pero luego le explique a mi niño, muy claritamente, que tiene que aprender que las perritas son dueñas de su cuerpo gentil y que el no es más que un invitado agradecido a un festin privado. Osea, que es ella la que escoge con quién sí o con quién no y hay que aprender a llevarlo bien. Los demás perros están como él ... con la lengua fuera esperando permiso para entrar.

Espero que lo haya aprendido.Mi perrito es muy listo. Pero la pasión es la pasión.

1 comentario:

montse dijo...

Cuando era pequeña siempre había algún animal en casa. Peces, alguna tortuga, canarios, hamsters, perros...incluso una vez tuvimos un búho real al que cegó un autobús y en otra ocasión un erizo. Me gustan pero no tengo espacio ni compañía en el gusto.