sábado

Nanas y otras cosas







En Orihuela, un pequeño pueblo del Levante español, rodeada del oasis exuberante de la huerta del Segura, nació Miguel Hernández el 30 de octubre de 1910, justamente hace hoy cien años.
Hijo de un contratante de ganado, su niñez y adolescencia transcurren por la sierra oriolana tras un pequeño hato de cabras. Por la mañana descubre la belleza de la naturaleza y los misterios de la vida animal y por las tardes ordeña el pequeño rebaño de cabras, repartiendo después la leche por todo el vecindario. Unos cuantos años acude al colegio, allí aprende gramática, aritmética, religión y geografía, sorprendiendo a sus profesores por su interés y talento. A los quince años debe dejar el colegio y volver a su trabajo como cuidador de cabras. Pero ya ha descubierto la lectura y aprovecha todas las obras de estupendos escritores tales como Grabriel y Galan, Ruben Darío, Zorrilla etc. hasta llegar a los grandes escritores como Cervantes, Lope, Calderón o Góngora.

Se reune cerca de su casa con otros aficionados a la lectura, escritura y a la poesía y entablan grandes conversaciones sobre esos temas. En 1930 comienza a publicar pequeños poemas en el semanario El Pueblo de Orihuela y en el diario el día de Alicante, comenzando así a ser conocido y hacerse un nombre en el mundillo de las letras.

Como ya sabemos Miguel Hernandez quiso pasar a Portugal cuando en la época de la guerra. Fué detenido en la frontera y así empezó su largo peregrinaje por todas las prisiones del pais, Madrid, Sevilla, Ocaña, Alicante y Orihela.

Murió en 1942 a la edad de 31 años a causa de la tuberculosis, desarroyada en su periplo carcelario y agravada por la falta de atenciones y las malas condiciones de vida.
Pero nos dejó su trabajo, la maravillosa obra que lo ha sobrevivido y ha emocionado al mundo entero. No se puede decir lo mismo de sus carceleros.





EL NIÑO YUNTERO

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

Miguel Hernandez

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