sábado

El nombre equivocado



El portal de la casa sigue siendo oscuro y enorme, como ella lo recuerda. Las mismas paredes desconchadas y los mismos escalones de madera refregada, casi blanca. La garita donde trabaja el zapatero remendón y la puerta que conduce al trastero donde se guardan los cochecitos de bebé. Todo sigue igual, incluyendo a la muchacha que entra en esa especie de boca de lobo por la que debe trepar todos los días, peldaño tras peldaño, hasta llegar a su hogar.

El hombre se cuela por la puerta casi antes de que ella se de cuenta y desparece en el recodo oscuro del primer tramo. Sube los escolanes apresurada y lo ve allí parado esperándola:

- Pasa – le dice – tú primero.

Ella deniega el favor y espera pacientemente a que el decida subir el primero.
Lo mira con desconfianza y pone por medio varios escalones. El hombre resuella ostensiblemente y de vez en cuando la mira, como vigilando a ver si sigue ahí.

Está muerta de miedo; las palabras de su madre suenan en sus oídos advirtiéndola de lo que debe y no debe hacer y los cuidados que tiene que tener.
Por ello va con mucho cuidado y lo más lejos que puede del hombre, procurando no llamar demasiado su atención. En el segundo rellano, él vuelve a pararse y le indica que pase por delante, ella se para y niega con la cabeza. Entonces ese hombre baja los escalones que les separan y la toma por el brazo un poco bruscamente.

- Pasa, te he dicho – le sisea al oído.

La mano que no la sujeta se introduce bajo su falda plisada. Es una mano húmeda, blanda y temblorosa, de dedos viscosos y gruesos. Entonces ella comienza a gritar, pronuncia desesperadamente un nombre de hombre y siente como un sudor frío moja su frente, mezclado con lágrimas gruesas y cálidas. El trata de besarla y busca su cara con una lengua fétida. La muchacha se revuelve a punto del vómito, entre arcadas y gritos. Vuelve a llamar el hombre que espera que la salve de aquella agonía.


Con los ojos cerrados, en medio de la oscuridad, recobro el sentido de las cosas. Siento el silencio de la mañana, percibo el aroma fresco en el aire de finales de verano. Sigo con los ojos cerrados, disfrutando del momento. Aún siento como mi corazón late con fuerza y esa sensación de horror y alivio de después de haber superado una prueba difícil. Los pájaros se llaman unos a otros y celebran el nuevo día. Sobre el sonido de sus trinos, los gritos roncos de las gaviotas que vuelan en busca de algún alimento o simplemente para disfrutar del amanecer, desde su privilegiada atalaya: el cielo. Sigue oliendo a mar. Escucho, al fondo, el ruido de las olas golpeando contra la costa.

La chica está a salvo. Y yo me doy cuenta entonces de que ella llamaba en su ayuda a alguien que pertenece al presente y no al pasado.

Abro por fin los ojos y contemplo la serena luz de la habitación.

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