miércoles

Aprovechando la vida


(Imagen en la red)


El timbre repiquetea tres veces, la última suena un poco impaciente. Viene despacito y al abrir dice:

- No te había oido.

Le pasa a menudo y es lógico, aunque ella dice que debe tener tapones de cera que no le dejan oir bien y que hay que ir al médico. Vamos a la consulta del doctor cada vez que algo la asusta o preocupa y él le dice que todo va bien, que son pequeñas cosas normales y que tiene una salud de hierro. Aunque ella no queda satisfecha y piensa que ese medicucho no tiene ni idea de nada.

Me ofrezco a ayudarla cuando se está vistiendo, pero me mira escandalizada y asegura que todavía puede sola y que ya la ayudaré cuando sea mayor y no pueda. Eso sí, me deja que la peine; es muy coqueta y sus brazos ya no aguantan mucho tiempo alzados para colocar cada rizo en su sitio. Coloco bien el cuello de su blusa, ajusto su falda para que la abertura trasera se situe donde debe y le ofrezco su bastón y su bolso.

La mañana es soleada y aún hace buena temperatura. Daremos un paseo, pero no iremos muy lejos porque ella se cansa. Tal vez hasta la avenida y nos sentemos en un banco a ver pasar gente. Le gusta fijarse en todo y hablar de los problemas del mundo, sean de la indoles que sean. Y entiende. No se ha quedado anclada en el pasado aunque para él tenga una memoria privilegiada y recuerde con pelos y señales todo lo que pasó en la guerra y después de esta. Puede que se le haya olvidado qué comió ayer y si eso sucede se revela contra sí misma y el peso de los años, pero si le has ofrecido ir a tomar un chocolate caliente hace tres semanas, seguro que no se le olvida el día y la hora.

Bajamos avenida abajo en dirección al parquecito donde hay un estanque lleno de patos y palomas. Nos sentamos en un banco a contemplarlos y me cuenta, una vez más, la historia de su hermano mayor, que se fué a la guerra y volvió muy cambiado. Le hago las mismas preguntas de siempre y un hilo nos lleva a otro y este a otro diferente y vuelve de nuevo al primero y así se nos pasa la mañana en un suspiro.

Hacemos planes.

- Podemos ir a comer, aunque sea el menú del día - le digo - yo te invito.

- Ay! sí, pero pagaré yo, que aún puedo hacerlo, hija. No todos los días se cumplen 93 años. Así que hay que celebrarlo.

Genio y figura.

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