domingo

Paseando en busca del Otoño




Se acerca el Otoño. No sé, es algo que se nota en los aromas y en la luz del sol por las mañanas y al anochecer. Cuando llega este tiempo siento como si no estuviera aquí, ni allí, como si mi lugar no estuviera claro. He decidido darme un paseo. Las calles del pueblo son estrechas, unas casas miran a las otras como haciendo comparaciones. Los balcones de madera antigua, ahora remodelados y vestidos de domingo se cuajan de geráneos en flor y por las aceras apenas del ancho de una tabla de parchís, caminan los vecinos que se saludan con la cabeza. Esto sólo sucede en los pueblos pequeños, me refiero a los saludos de unos y otros porque casi todos se conocen.

La plaza esta llena de niños que juegan al balón o con esas pequeñas bicicletas de cuatro ruedas. Algunos se suben a los pequeños árboles de adorno, sin importarles si se romperán o no. Los padres charlan en grupos, se rien mirando de reojo a los críos por si se desmandan. Es domingo y se está acabando Agosto. Las hojas de los plátanos se han desprendido, amarillas y secas y ruedan con la brisa por el suelo recién barrido. El carillón del reloj de la Iglesia marca las horas lentamente, sin olvidarse de ninguna. La una.Blanggg.

No quiero hablar con nadie, hoy los que necesitan atención son mis ojos. Los dirijo aquí y allá observando atentamente cada color, cada sombra, cada sonrisa, cada actitud. Las montañas que rodean el valle brillan iluminadas por el sol, contra el cielo intensamente azul. Unas nubecillas se pierden en el espacio y descansan sobre los picos más altos, como si estuvieran perdidas y cansadas de su largo viaje.

Me siento en la terraza del bar más concurrido del pueblo. Curiosamente no hay demasiada gente allí. En una mesa una familia con dos niños preciosos que juguetean tocándolo todo, con mucha curiosidad. Los padres los contemplan y pasan así mucho rato sin siquiera dirigirse la palabra. Ella parece triste, el aburrido. Cuando llegan unos amigos reviven, como si hubieran apretado el botón de encendido y de pronto, sonríen alegres y hablan por los codos. Frente a mí una madre y su hija, ya maduras ambas, repasan la lista de las ausencias y de las viejas carencias, parece que una vez más. No es asunto mío, pero hablan en un tono que tengo que enterarme aunque no quiera.

Me gusta estar sola en este momento. Cuando hablo con alguien solo puedo prestar atención a lo que me dice y a los gestos que acompañan a sus palabras. Mi curiosidad se centra en mi interlocutor, al que siempre veo y oigo como si fuera la primera vez. A veces me encuentro a mí misma pensando cosas que jamás se las diría, cosas que se escapan a mi control y que tienen que ver con las sensaciones que despiertan en mí sus labios al moverse o sus ojos al mirarme. Mis pensamientos no siempre me pertenecen. En ocasiones deciden viajar por sí mismos por terrenos tan escabrosos que me escandalizan. Incluso, si estoy sola, invento una historia del simple movimiento de las ramas de un avellano cuando, como ahora, es tiempo de frutos maduros.

Bebo mi aperitivo despacio y lo saboreo fijándome en los sabores que se pasean por mi paladar y en el aroma que absorbe mi nariz. Los vecinos del pueblo me saludan sonrientes al pasar y yo les respondo de la misma manera. Pero no estoy aquí, donde ellos creen, sino en ese mundo paralelo que inventa mi imaginación llenandolo de historias pequeñas y locas. Las palomas en el tejado de enfrente ronronean y hacen sus necesidades, llenándolo todo de porquería. Un jinete llega montando su caballo, vestido con un chaleco de cuero y unas altas botas de montar. El caballo es enorme y precioso, lo ata en una de las anillas al efecto y saluda a todo el mundo cuando entra. El caballo atrae mi mirada y mis pensamientos. Bracea y hace temblar todo su cuerpo, está sudoroso y debe tener sed. Como si le molestara mi manera de mirarle, levanta la cola y deja caer una hermosa plasta de excrementos que caen al suelo ruidosamente exparciendo un olor ácido a forraje y pasto.

Todos nos miramos asombrados, para finalmente reirnos alegremente. Me levanto y decido volver a casa, poco a poco. Mis pasos son lentos, hace calor y el sol me socarra. Busco las sombras de las paredes de las casas y el fresco del pórtico de la Iglesia. Vivo muy cerca, atravieso de nuevo la plaza, que ya está casi vacía, y me acerco a la panaderia-pasteleria, que nunca cierra, y compro un pastelito de arroz para comerlo de postre. El portal está muy fresquito y mi casa también. !Qué a gusto se está en la sala de uno cuando hace calor y ya has paseado la calle!

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