sábado

Generaciones




Estoy casi segura de que más de dos mujeres me entenderán, si leen lo que voy a escribir ahora.

Eres joven y estás enamorada, así que deseas casarte y tener hijos, al menos en mi época, porque ahora las cosas han cambiado tanto, que ya ni se como van. El caso es que, cuando nace tu primer hijo, decides que sería bueno para todos que tú te quedaras en casa a cuidarlo. No te preguntas si también eso será bueno para ti. No te importa. Solo quieres que tu hijo esté en las mejores manos y tu marido trabaje tranquilo y sin preocupaciones. Los abuelos aún eran seres independientes que viajaban y salían y entraban a su antojo y tú considerabas que tenían todo el derecho del mundo a hacerlo.
Te prometiste a ti misma que volverías a tu profesión cuando tu hijo creciera un poco, pero es que luego vino otro hijo y tal vez otro u otros dos más. Ya sabéis, todas las manos son pocas, toda tu atención se centra en esas criaturas y en atender a lo mucho que necesitan. Tanto da que sea atención, cariño, tiempo, esfuerzo como dinero, espacio y todo lo demás.

Pasan los años. No te has dado ni cuenta, pero así es. Un día les miras y ya son hombres y mujeres que van y vienen viviendo su vida, con bastante exigencia de libertad y otras cosas; pero aún te necesitan. Madre, hazme estos papeles, acompáñame al médico, pon para comer paella que me apetece ¿puedo traer un amig@ a dormir y a comer? Necesitaría unos pantalones …. Un día te miras al espejo y de pronto te das cuenta de que por tu cara y tu cuerpo, todos esos años que han pasado se han tomado revancha y ya no eres la que eras. Después de todo, tampoco es que te importe demasiado. Has estado tan ocupada que no has echado en falta nada; con sus más y sus menos, has sido muy feliz.





Tienes unos hijos estupendos y un marido resultón, lo que nuestras madres llamaban trabajador y bueno, que se ha dedicado a llevar su trabajo y a comer con clientes y viajar a visitarlos muy a menudo. Estaba contigo siempre, esa es la verdad y ha dado muy buen ejemplo a sus hijos. Tú te quedabas en casa; también salías con amigas y procurabas mantenerte al día y en forma. Total que entre estas y otras te hicieron abuela.
¿Cómo es posible? ¿Ya soy abuela? Pero ¿cuándo me ha pasado eso? Pues sí, guapita, mientras estabas entretenida el tiempo, traidor como nadie, se ha hecho dueño de ti y a ver como lo echas ahora.

Y esta es otra etapa, diferente por completo y sin embargo, tan igual. Porque por fin, te dices, somos libres y vamos a dedicarnos a lo nuestro. Y lo haces, pero en esta época, siempre con un plus de dedicación, siempre disponible, como si fueras un médico de urgencias. Por si el niño se pone malo, por si la cuidadora me falla, por si me surge un viaje de trabajo. Porque ellas, hoy en día, no dejan su profesión por los hijos y hacen bien, entre otras cosas porque seguramente no pueden, si quieren pagar la hipoteca. Y tú te conviertes en un invitado de piedra. Estás ahí, como un monumento preciado, te miran y te ven. Pero tienes que permanecer lejos, como a distancia, mirando pero sin opinar, si te preguntan piénsate mucho lo que vas a responder, porque a tu nuera o a tu yerno a lo mejor no le gusta lo que dices, incluso puede que no les guste a tus hijos tampoco, aunque a ti te parezca de lo más sensato. Llega un momento en que no sabes bien si es que has perdido el norte, tal vez es que te has quedado antigua, o nada de lo que sabías sirve ya para estas generaciones. En el fondo me acuerdo de mi propia madre y de mí cuando era joven.

Eres una suegra. ¡Por dios! Eres eso que tan mal suena y que tantos chistes ha provocado a lo largo de la vida. Eres una suegra. Y es inútil que tú pretendas ser prudente, discreta, independiente, generosa y entregada a la causa. No acertarás, seguramente, de cinco veces, tres. Así que, o te alejas o, si quieres seguir disfrutando de la gran familia que tienes, mide tus palabras con un centímetro, mídelas mejor al milímetro y aún así déjate en la lengua la mitad o más. ¿Has decidido alejarte? Pues a lo mejor has acertado. Pero, ¿eres de las que adoras a tus hijos y amas a tus nietos y quieres tenerlos cerca? Pues, entonces, que dios te coja confesada. Y ya sabes. Punto en boca. Créeme.

1 comentario:

Ignacio Bermejo dijo...

El tiempo pasa siempre tan deprisa que nos cuesta adaptarnos a las nuevas circustancias. Un beso. Me he divertido leyendote.