jueves

LIBROS




El país de las últimas cosas – Paul Auster

(Leido aqui)


Tengo que confesar que me he convertido en un adicto a Paul Auster. Después de un Mr. Vértigo que me gustó sin más y una Trilogía de Nueva York que me dejó totalmente impresionado, he desarrollado una necesidad de leerle más, de descubrir qué otras genialidades se le habrán ocurrido, qué modos habrá inventado para contarlas.

Esa es la razón por la que llegué tan contento aquel día a casa con el libro bajo el brazo, llené la bañera, saqué una cocacola zero de la nevera y me dispuse a leer esa carta enviada a la nada, encontrada por casualidad, escrita desde un lugar al que pocos saben llegar y del que no se sabe si hay salida.

El país de las últimas cosas es un libro que trata, sobre todo, de la miseria, de los extremos a los que puede un hombre llegar cuando lo único que le espera es sobrevivir o pudrirse, las locuras a las que se puede uno entregar para evitar perder el juicio, la sublimación de los detalles más nimios. Una novela que puede llegar a hacer sentir al lector hambre física, mirar sus zapatos con un nuevo respeto.

No podía, sin embargo, limitarse Auster a escribir un libro sobre la pobreza: tenía que crear un mundo, una ilusión, un complejo misterio que, como suele ser habitual en sus novelas, se deja sin resolver. ¿Dónde está ese país de las últimas cosas? ¿Es real, está en este mundo? ¿Cómo se creó? ¿Qué sentido, qué significado tiene? ¿Es el país un resultado de sus habitantes, o es al contrario?

Habrá defensores de la literatura como instrumento de denuncia social que critiquen a Auster esta aparente irrealidad, este no haberle puesto un nombre, una latitud y una longitud, no haber señalado con el dedo. Sin embargo, todo lo que pueda perder en concreción lo gana en universalidad. No se trata de denunciar la existencia de un país de las últimas cosas con nombre, bandera e himno, sino de advertir del peligro que corremos de crear ese lugar o, quizás, de vivir ya en él.

1 comentario:

Xocas dijo...

Pues va a ser que sí. Y hace mucho tiempo. Y a lo peor no es lo más malo que puede pasar. Y ya me callo, que parezco un profeta...

Muzo bat.