martes

DIFICIL OLVIDO





Carlos acababa de cumplir los 17 y se enamoró por primera vez. Había sucedido de manera inesperada y no era una compañera de clase. La había visto el primer día en la Biblioteca Municipal, estudiando, como él. Se miraron. Y a partir de aquí era dificil no seguir mirándola cada vez que se encontraban.

Tuvo suerte porque se le cayó un libro al pasar a su lado y él lo tomó del suelo y así comenzaron a hablar, tímidamente al principio y después como dos buenos amigos. De la noche a la mañana se encontró a sí mismo pensando en aquel pelo rubio rojizo, o en aquellos ojos verdes rodeados de unas extrañas pestañas casi transparentes. Por el día caminaba por las calles mirando a todos lados deseando encontrársela por sorpresa y por las noches, soñaba con tocar sus labios con las puntas de sus dedos y poder meter sus manos entre los rizos de su cabeza.

Pronto empezó a pensar más en élla que en los libros y pronto su padre le llamó la atención sobre el bajón que habían dado sus notas en un año tan crucial para su futuro.

- No sé lo que me pasa - le dijo a su padre - pero no puedo concetrarme.

Y le contó lo que le sucedía con aquella chica rubia rojiza. Tenía suerte porque siempre habían hablado de todo, su padre y él. También esta vez no hubo problemas para entenderse, solo la recomendación de que tratase de no olvidar que los estudios también eran importantes. Y la de que tuviera cuidado con lo que hacía con aquella chica, que eran jóvenes y tenían mucho futuro por delante.

A medida que el tiempo pasaba y la confianza mutua aumentaba, Carlos se sentía más transtornado por la cercanía de su amiga. La deseaba. Y sus sueños iban en aumento día tras día, aunque no dejaban de ser eso: sueños.

De vez en cuando, en casa, surgían comentarios a propósito de amores, ligues, y chicas buenas y malas y su padre le guiñaba un ojo de manera cómplice, como si supiera lo que él sentía por todo su cuerpo y éso le hacía sentirse más próximo a él.

Acompañar a su chica a casa era algo fundamental para Carlos. Solía hacerlo siempre que podía y aquella tarde caminaban tomados de la mano por la calle, felices y ensimismados. El se dió cuenta, de pronto que estaban cerca del negocio de su padre, una preciosa tienda de antigüedades que tenía un gran ventanal a la calle por la que iban, pero a la que había que entrar desde el interior del Gran Hotel de la ciudad.

- Mira - le dijo a élla - aquí trabaja mi padre

Y ambos miraron a través del ventanal para ver si él estaba dentro. No se le veía por ningún lado, ni tampoco a Mercé la joven que lo ayudaba en el negocio. Contemplaron los abanicos antiguos, los broches de vieja factura tan hermosos, los jarrones de porcelana de diversos tamaños y de pronto, impulsivamente Carlos le dijo a la chica:

- Ven, que quiero que conozcas a mi padre, estará en la oficina.

Un poco a la fuerza, eso sí, pero el caso es que ella lo siguió. Entraron al Hotel y siguiendo la gran alfombra de gruesa lana, llegaron a la puerta del negocio. Al empujarla vieron que estaba cerrada con llave.

- !Qué raro a estas horas que esté cerrado! - comentó Carlos, a la vez que llamaba a la puerta

Ya se estaban alejando, al ver que nadie abría, cuando oyeron el ruido de la llave en la puerta y un:

- !¿Eres tú?! lleno de sorpresa que los detuvo.

Carlos se dió la vuelta y contempló a su padre que, apresuradamente y con cara de apuro, se ataba el último botón de la camisa y fijándose bien, según se iba acercando, vió que llevaba el pantalón mal atado. Cuando entraron en la tienda, Mercé se pasaba los dedos por los cabellos nerviosamente y alisaba su falda. La blusa dejaba entrever el canal de sus senos.

- ¿Querias algo, hijo? - le preguntó.

Pero Carlos, totalmente transtornado ya había dicho que no y salía corriendo pasillo adelante con las lágrimas a punto de brotar de sus ojos. La chica, que se había quedado atrás esperando lo siguió apresurada, sin saber que había pasado.

Nunca lo supo. Carlos dejó de ser él mismo y se convirtió de pronto en un hombre. O tal vez no. No lo sabía, pero ya no quiso saber de ella, se transformó en un joven silencioso y pensativo y lleno de remordimientos, sintiéndose culpable de si debía contarle aquello a su madre o no. Durante mucho tiempo le dió vueltas a la cabeza, finalmente decidió que no era asunto suyo hablar de aquello con ella,tal vez no deseaba saberlo. Siempre tuvo esa duda dentro de su corazón.

Su padre nunca habló de aquel día. Como en los viejos tiempos, cuando surgía la ocasión solía guiñarle un ojo, buscando su complicidad. Pero Carlos ya no era el joven inocente y ahora lo veía como era. Nunca dijo nada. Jamás se le olvidó.

Rosg.

1 comentario:

sou eu dijo...

Me ha gustado.
Furruñas