domingo

TACONAZOS



Tuvo tiempo más que de sobra para pensar en éllo, durante los días que estuvo ingresada en el Hospital y después en los muchos que tuvo que pasar en casa, con la pierna escayolada y sin poderse mover. Meditó sobre su manía y la de muchas otras como ella, de seguir los dictados de la moda y comprarse unos zapatos que, de verdad eran preciosos, la hacían crecer unos centímetros y al mirarse al espejo, le daban esa imagen de mujer sexi y fatal que tanto le gustaba. Lo que llegó a preguntarse es el por qué de ponerse esa arma de tortura refinada que son unos zapatos de alto tacón y sobre todo para quién se los ponía. ¿Lo hacía para ella misma, porque se sentía más hermosa con ellos?.

Ella era una mujer práctica, trabajadora, siempre ocupada y que se movía con el tiempo justo, en el bus, en el metro, conduciendo su coche. ¿Eran esos taconazos adecuados para esa clase de vida?. Cuando salía de marcha, recorrían una zona tras otra, dependiendo del momento, permanecían de pié mucho tiempo, cuando los sitios estaban llenos de gente. Tuvo tiempo para preguntarse si sus pies podían soportar ese castigo. Y si a élla le merecía la pena aguantar el dolor de sus extremidades y de su espalda. ¿Quería estar atractiva para los hombres? ¿Merecía la pena ese sacrificio? ¿Y para ella misma, sabiendo que estaba mucho más cómoda con un tacón normal?



Tuvo muchos días para pensar, si. No le hizo falta tantos, enseguida se dió cuenta de que la moda no es más que una esclavitud más para la mujer, discretamente adornada
de belleza efímera. Delgadez extrema, perfección, incomodidad, sacrificio sumo, culto al cuerpo y necesidades que no lo son. Todo eso se nos trata de imponer a las mujeres como deseable. Nos muestran imágenes de diosas preparadas para seducir, imposibles de imitar, porque no son reales, sino forzadas por los retoques, y la esclavitud del cuerpo perfecto, de unas pocas que solo posan un segundo para la fotografía, llevando ropas y zapatos, peinados y maquillajes imposibles de utilizar en la vida diaria. Ante esa competencia desleal y mentirosa, es normal que haya quien desee parecerse a éllas. Sobre todo si no has madurado aún la idea de que los hombres, los Hombres, se dijo, no los niñatos, saben diferenciar. También ellos han caído en la trampa de la moda y sus exigencias.

Total, que se había caido, aún no sabía bien cómo y se había roto los huesos por varios lados, lo que había significado dos operaciones bastante complejas y muchos días de quietud, que no iban a resultar perdidos, pues le habían servido para meditar en todo aquello y darse cuenta de que nos dejamos seducir por los cantos de sirena de los que deciden por nosotras lo que nos tenemos que poner y cual ha de ser nuestra imagen, sin importarles nada si es cómodo, sano o adecuado para nosotras y nuestra vida diaria.

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