viernes

EL CLIPER Y LA MUERTE




Cuando se está bien, ¡qué bien se está!,me estaba diciendo a mí misma en mi pensamiento. El sol calienta lo suficiente, pero sin pasarse, la mar esta un poco levantisca, pero eso la hace aún más preciosa. Cuando el Cantábrico se revuelve, toma un color entre azul y grisaceo y se espumillea en la orilla; entre los rizos de sus olas se mezcla la luz con las sombras y el horizonte se marca más nítidamente. Y mirando a esa línea que delimita en la lejanía lo que es cielo y lo que es mar, lo he visto: una masa increible de velas tendidas al viento, plenas y engoladas que empujaban a un cliper de considerable tamaño y lo traían hacia la costa a una buena velocidad.

¡Llegará hasta la playa e hincará su quilla en la arena haciendo un surco!, he pensado cuando ya me parecía que se acercaba demasiado. Pero en el ultimo momento, como por arte de magia, todo el velamen se ha recogido en dos minutos y el barco ha quedado varado en medio de la bahía, quieto, silencioso, como si un pinchazo lo hubiera desinflado y allí ha permanecido el tiempo suficiente para que la marea fuera subiendo y llenara la gran bañera que es el puerto pesquero, pequeño, recoleto y resguardado.

Por la tarde, con la marea, sosegado y puntilloso el cliper descansa su costado junto al muro del muelle, rodeado de pescadores de fin de semana, de paseantes y curiosos, asombrando a todos con su hermosa silueta recortada frente al paseo marítimo, dejando a la vista la cubierta en la que descansan unos cuantos viajeros con suerte, dueños temporales de tal maravilla de los mares.

Mientras la mayor parte de la gente contempla el espectáculo poco común del hermoso barco,en la playa sucede algo terrible. Una muchacha ha decidido tomar un baño; nadando contra las olas su mano tropieza con algo y al fijarse observa que un hombre bucea a su lado mirando al fondo del agua.

-¡Tenga cuidado! - le dice.

Hasta que se da cuenta de que el hombre no se mueve. Dando chillidos de aviso la joven sale del agua, los socorristas acuden inmediatamente y con la zodiak sacan el cuerpo del hombre. Tratan de reanimarlo inutilmente. En instantes apenas una ambulancia llega a la playa, tambien la policía; no hay nada que hacer. Está muerto. Parece que le ha dado un infarto o algo similar, dentro del agua.

Han tapado el cuerpo del hombre con una de esas horribles sábanas metálicas, doradas y así permanece en medio de la playa durante bastante tiempo, hasta la llegada del Juez que autorice su
traslado. Todos miramos y todos quisieramos no mirar. El espectáculo de la muerte despierta el morbo de la mayoría y a la vez nos espanta. Quien más quien menos reflexionamos sobre la vida y su fecha de caducidad, sobre lo insustancial que resulta esa lucha constante que nos traemos por las cosas materiales, lo insignificantes que somos y como dependemos de circunstancias que se nos escapan de las manos y que no podemos controlar.

En la otra punta de la playa muchos ni siquiera se han enterado del suceso. Mañana lo leeran en la prensa o alguien se lo comentará mas tarde en el paseo y se sorprenderán de no haberlo visto. Los demás nos volvemos a casa con un sabor amargo en la boca y esos pensamientos que acompañan a sucesos similares sobre la vida y la necesidad de disfrutarla mientras se pueda, que olvidaremos al poco tiempo para volver a preocuparnos por las cosas simples de siempre.

Rosg.

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