lunes

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Yo iba al gimnasio tres dias por semana. Me parecía algo sano y al cabo de un tiempo se hizo algo necesario. Vamos, que me lo pedía el cuerpo. Iba a uno que esta cerca de mi casa. Me pareció más cómodo porque no tenía que andar mucho para llegar. Era mi gimnasio un poco especial: de entrada estaba en un edificio de esos industriales con paredes blancas y puertas de un azul fuerte y brillante. Cuando se estropeaba el ascensor, subiamos al piso en el montacargas. Ya, ya sé que hubiera sido mejor subir andando, pero que quieren, eran cinco pisos y no era cosa de llegar arriba ya cansadas. Había un gran zaguan, la puerta de entrada y luego la recepción. Según entrabas era otro mundo. Aroma a una mezcla de esencias y plantas y un silencio religioso que solo interrumpía una deliciosa música relajante. El gran salón con piso de madera y una pared con un gran espejo, cojines, escabelillos, campanitas y muchas plantan bajo el ventanal.

En los vestuarios todos en silencio, concentrados, antes de empezar, en nuestros pensamientos. Y luego una hora de deliciosos estiramientos, torsiones, carrerillas y abdominales hechos con lentitud y pensando en cada músculo y cada nervio. El mejor momento ese en el que dejábamos nuestros cuerpos libres de cualquier idea o apuro y lo moviamos al compás de la música sin pensar en nada más que en la libertad de movernos según nuestros deseos y capacidad.

No había nada místico, ni religioso, ni de guía de conducta en aquel lugar y, sin embargo, había espiritualidad en lo que haciamos sin necesidad de nombrarla. Tuve que dejarlo, por circunstancias y aún mantengo dentro de mí aquella sensación de unión del cuerpo con el espíritu y la música, los aromas y los colores, el espacio y el tiempo.

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