sábado

Cuentos de verano - I - CALOR (Lujuria)



Hacia mucho calor. Siempre hacia mucho calor allí. No importaba lo que dijera el jefe, ni tampoco si iba bien o mal el aire acondicionado. La verdad es que hacía un calor insoportable que no dejaba respirar.

Era pronto, así que se recostó en la escalera y encendió un cigarro. Cada mañana hacía lo mismo, le gustaba madrugar, llevaba mucho tiempo haciéndolo y ya se había acostumbrado. Para cuando la ultima bocanada de humo se hubo perdido en el aire los demás compañeros estaban ya situados en sus puestos. Se arremangó meticulosamente, se caló el gorro blanco hasta las cejas y apretó el botón: el ruido lo llenó todo. Era un sonido rítmico, machacón, acompasado. Tac, tac, tac, tac..

- ¡Venga, chicos a la faena! – Dijo con voz animosa – no hay tiempo que perder.

- Joder, Pancho, ¿que prisa tienes?

- Ninguna, te lo juro, pero dentro de nada estarán aquí las furgonetas y nosotros estaremos aun de cháchara. ¿Dónde está Melina? ¿Aún no ha llegado? ¡Joder, cada día llega mas tarde¡

- Venga tío, que estará al caer. Habrá encontrado tráfico. Además déjala que llegue cuando ya estamos en la faena: hay que verla entrar con esos andares. ¡Ufff!

Puso sobre la mesa de trabajo los ingredientes, y después de pesarlos y revisarlos los fue añadiendo a la amasadora. En el aire se apreciaba un aroma ácido a masa fermentada y pequeñas y múltiples partículas de harina revoloteaban a su alrededor.

Oyó el rechinar familiar de la puerta que daba acceso al obrador y levantó la vista para ver quien entraba. Melina, con cara apurada, dio unos pasos apresurados mientras se abrochaba los botones de la bata, blanca y recién planchada, que acababa de ponerse.

-¡Hola a todos! Ya llego, ya llego, no hay que ponerse nerviosos. ¿Aún estáis así?
¡Venga a lo vuestro que se hace tarde!

- No tienes tú morro ni nada – dijo Sebastian, desde su lugar cerca del horno- venga, que tienes aquí ya todo dispuesto para que empieces antes de que sea la hora de salir.

Melina se colocó en su puesto y comenzó su faena diaria. Todos volvieron a lo suyo y pronto el horno estaba lleno de panes y rosquillas que se iban apilando en los cestos una vez sacados del mismo, dorados y esponjosos.

El calor iba en aumento a medida que transcurría la mañana. Por la espalda de Pancho iba deslizándose quedamente una gruesa gota de sudor que recorría su columna hasta llegar a la unión con sus nalgas. Hizo un alto y levantó la vista descuidadamente, justo en el momento en que Melina retiraba de su frente un mechón de pelo negro metiéndolo bajo el gorro blanco graciosamente colocado en su cabeza; al instante por su cara se formaron pequeños regueros de harina, después, muy despacio, poco a poco, fue subiendo las mangas de su bata, plegándolas con cuidado de manera ordenada y simétrica; la piel dorada de sus brazos fue apareciendo ante la mirada absorta de Pancho que seguía sus gestos uno a uno. En las aletas de la nariz de Melina un matiz acalorado hacia brillar la piel tersa y su lengua se deslizaba por sus labios humedeciéndolos como si estuvieran sedientos.

Pancho paso la suya por su boca pues empezaba a sentirla seca. No podía quitar los ojos de la mujer que, en ese momento, desabrochaba los primeros botones de su bata dejando que su pecho tomara aire y se sintiera libre.

- ¡Por dios! – dijo el en voz baja – lo que me faltaba.

Trató de apartar la vista y concentrarse en su trabajo pero ya no le era posible. Por su sangre rondaba ya ese viejo conocido contra el que a veces tenía que luchar. Por su cabeza empezaron a desfilar pensamientos que nada tenían que ver con lo que estaba haciendo. Contra su voluntad volvió a mirarla. Por su cuello resbalaban gotas de sudor que penetraban por el escote y se perdían en aquella concavidad misteriosa que se movía a cada soplo de aire que respiraba; una de las manos de ella se paseó por el escote y penetró dentro de él, descuidadamente, dejando otro reguero de harina que marcaba el camino por el que la mano había transitado.

Pancho, rojo y sudando a su vez copiosamente, dejó escapar un gemido, afortunadamente no tan alto como para ser oído por los demás. Todo su cuerpo estaba revolucionado y tenso y sus ojos devoraban, más que miraban, a la mujer que seguía trabajando ajena a la tempestad que estaba levantando en su compañero.

Salió al patio trasero del Obrador. Allí un tímido y cálido aire soplaba levemente, abrió el cuello de su bata de trabajo y se abanicó con él y de manera nerviosa encendió un cigarro.

- ¿Qué te pasa, colega? - se dijo – no es la primera vez que la ves, joder, si que esta muy buena, pero pareces un crío con hambre. ¡Por dios! Si te la tirarías ahí mismo sobre la mesa, si pudieras.

Se movió nervioso y se ajustó aquel ridículo pantalón que les obligaban a ponerse con pequeñas flores rojas, por que en ese momento le apretaba de manera incómoda. Le dio la última calada al cigarrillo, tiró la colilla en el bidón de las basuras con un ligero movimiento de los dedos y entró de nuevo.

Allí seguía ella, sonrosada, sudorosa, su escote dejando adivinar la tersura de sus senos, los brazos bien torneados y las manos fuertes y de dedos hábiles hundidas en la masa pegajosa, amasándola, estrujándola, acariciándola o azotándola, con movimientos expertos y medidos.

Pancho dejó la amasadora en pleno funcionamiento y sin más se fue deprisa hacia el pasillo camino de los servicios.

Melina siguió amasando despacio, de manera medida y lasciva, como cuando se acaricia un cuerpo, con toda la intención centrada en sus movimientos y consciente del deseo que despertaba en su compañero, disfrutando de la provocación, de lo que sabía que pasaba por su cabeza y por su cuerpo y de lo que ella misma sentía a su vez.

A su hora justa, entre aromas dulzones, el pan esperaba en los grandes cestos para ser repartido por la ciudad. A la hora justa, limpiaron y recogieron las cosas y a esa misma hora partieron cada uno a su destino. Seguía haciendo mucho calor. Un calor que lo quemaba todo, por fuera y por dentro.

Rosg.

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