martes

LA CASA DE MI ABUELA



Hay una imagen en mi mente cuando pienso en verano: la preciosa higuera, de aroma exquisito, en el rincón trasero del jardín. La fila de pequeños y robustos perales, haciendo sombra y el columpio colgando de dos de ellos, bajo el que había surgido un hueco en la tierra.

La gran casona que había sido el hogar de mi abuela desde su infancia, estaba rodeada de toda clase de árboles y flores y pequeñas veredas de losetas de piedra por las que caminábamos, patinábamos e incluso andábamos en bici.

Guardo maravillosos recuerdos de cada uno de los veranos que viví allí con mi familia, pero sobre todo los que aún me emocionan son los que se fraguaron de la convivencia con mi abuela.

Se quedó viuda muy pronto, con un negocio en el que solo había hombres y además ocho hijos, algunos aún niños, de los cuales cinco eran varones. Tuvo que tener mucha fuerza y mucho amor para salir adelante y además conseguirlo manteniéndolos unidos a todos.

Por la casona, en verano, siempre había niños corriendo, llorando o riendo. Sobre la gran mesa de mármol de la cocina, hileras de pan que se troceaba en porciones iguales para untarlo de mantequilla o de nata sacada de la leche después de hervirla. En la cocina económica, una chocolatera con su mango largo cocía muy despacio el chocolate del desayuno haciendo que su aroma se extendiera por toda la casa.

Y los domingos. La misa en la iglesia del pueblo, los reclinatorios con el nombre de cada una de las personas mayores. Los hombres a un lado y las mujeres al otro, sin mezclarse, sin mirarse. Las mantillas negras, los trajes de la boda, antiguos y recién planchados. Y después las conversaciones de los mayores en voz baja, aprovechadas por nosotros, los niños, para corretear por entre los árboles y para ir a gastar la paga del domingo a la tienda de Carolina: regaliz de palo, pirulís, chicle de fresa, chufas mojadas en agua.

Un día mi abuela decidió morirse. Había vivido demasiado y la vida ya nada tenía que ver con lo que ella entendía que debía ser. No era muy mayor, según lo vemos en estos tiempos, pero para ella ochenta y seis años, decía, eran ya demasiados. Se fue tranquilamente, de manera sosegada y casi sin avisar. Con toda la vida que le quedaba brotando de sus pequeños y vivarachos ojos azules y una sonrisa bondadosa en la cara.

Yo ya empezaba a ser una mujercita (eso decía) y pude darme cuenta de lo que su muerte significaba para todos sus hijos. La casona continua en pié, ahora más bonita que antes, tal vez, por que ha sido remodelada y puesta al día. Sigue siendo de una parte de la familia y aún vuelvo allí, de vez en cuando. Pero ya no es igual. Me gustaba más cuando era una casa de pueblo, rústica y envuelta en el misterio de su jardín, donde yo dejaba pequeños altares en mis rincones secretos, donde enterraba en tarritos de cristal mis primeros poemas, donde estaba mi abuela.

2 comentarios:

ababoll dijo...

Me has traido muy gratos recuerdos....

xenevra dijo...

Me gusta pasear tiempos... y este me ha encantado