lunes

ALGO PARECIDO A LOS CUENTOS DE CALLEJA

Algo parecido a los cuentos de Calleja ¿Recordais?
La caja de los deseos... de Francisco J. Talma

Iba por un camino cierto muchacho, cuando se encontró dos soldados que habían recibido la licencia y se volvían a sus casas.
- ¿Adónde vas, chico? - preguntaron
Y el muchacho, sin turbarse, contestó:
- Voy por la caja de los deseos.
- ¿Y dónde está esa caja?
- Está en la montaña donde se paró el arca de Noé despues del diluvio. Se llama el Monte Ararat y está en la Armenia.
Hizo gracia a los soldados el desenfado del muchacho, y acercándosele cariñosamente, se ofrecieron a acompañarle.
A los dos días de camino encontraron una casita que tenía la traza de estar deshabitada.
Penetraron en ella los tres y no encontraron a nadie.
El muchacho, que por lo visto estaba muy bien enterado, tendió su manta en el suelo, hizo que se acostaran los soldados en ella, se acostó luego él, y en el acto quedaron todos dormidos como piedras. La manta salió por el aire, llevada por manos invisibles, y sobre ella, sin moverse, los tres expedicionarios..
Cuando despertaron, vieron que se encontraban al pie de una escarpada montaña, negra como si fuera de carbón y toda llena de precipicios.

Un fraile de luenga barba oraba junto a ellos. A las preguntas de los expedicionarios contestó:
- En efecto, hijos míos, allá se encuentra, en lo alto de la montaña, junto a los vestigios del arca de Noé, pero no hay quien llegue a poseerla; porque al llegar a la mitad del monte, se apodera del que sube un sueño tan profundo, que pierde el conocimiento, y cuando lo recobra se encuentra aquí mismo, sin saber cómo, quién, ni por dónde le han traído.
Miráronse uno al otro los militares, y después de un momento de duda, dijeron:
- Pues si no es más que eso, vamos a probar.
_ Pues venced el sueño dijo el fraile - y desconfiad de las aves. No os puedo decir más.
Despidiéronse del sacerdote, y comenzaron a subir por la montaña.
- ¿Sabes? - dijo uno de los soldados - que me está entrando un sueño de primera?.
- Pues echemos un sueño, y luego seguiremos.
Pareció bien la idea a su compañero, y ambos se acostaron sobre un macizo de hierba. No bien dejaron caer en el suelo la cabeza, cuando se quedaron dormidos como troncos.

El muchacho quedó un rato perplejo, sin saber qué resolución tomar, pero de pronto dijo:
- ¡Canastos, que no me acuesto!. Si me duermo, ha de ser andando.
Y echó a correr monte arriba.
Al principio el sueño le dominaba en tales términos que apenas podía moverse; pero no bien hubo andado cien pasos por encima de la meseta, cuando comenzó a despejarse, en términos que, a los pocos minutos, no tenía la menor gana de dormir.
Con todo, la fatiga era mucha, y el muchacho comenzó a sentir hambre y sed.

- Estaba - decía el chico - por sentarme y tomar un bocado.
En esto, un águila que volaba cerca de allí le grito:
- ¡Siéntate y come!... ¡Siéntate y come!
-¡Otra! - dijo el aragonés, -
El Padre me dijo que no me fiara de las aves, y como el águila es ave, no me fio del águila. Además, esos pajaricos que hablan, no son para que nadie confíe en ellos.
El águila comenzó a dar vueltas alrededor del muchacho, el cual no la quitaba ojo; y de pronto se lanzó sobre las alforjas, con ánimo sin duda de llevárselas por el aire; pero el aragonés era listo y tomó tan bien sus medidas, que no había hecho el águila más que llegar a dos metros de él, cuando recibió dos fuertes estacazos en la cabeza.
Tan fuertes fueron los golpes, que el águila cayó atontada, dando un fuerte graznido.

- ¿Te querías llevar mi comida?. Toma, por ladrona.
El animal cayó; pero en cuanto tocó el suelo, se convirtió en un toro de afilados cuernos, que mugió con furia y arremetió al pobre muchacho.
Apenas le vió éste, gritó lleno de alegría:
- ¡Caramba y cómo ha crecido! ¡Poquito que me gusta torear!
Y, desplegando la manta a guisa de capote, comenzó a burlarse del toro, como si se tratara de un cordero.
Por fin el animal desapareció, convirtiéndose en un inmenso cigarrón con grandes alas.
-¡Vaya, pues al cigarrón no le toreo! - exclamó el aragonés.
- Montate sobre mi lomo - dijo el animal.
- Díselo a quien te crea - contestó el muchacho.
- Soy amigo tuyo; sube, te digo.

- La verdad es - se dijo el chicuelo - que de quien debo desconfiar es de las aves,; pero el cigarrón no es ave, y eso que tiene alas.
Por fin se decidió, y colocando primero sus alforjas sobre el lomo del cigarrón, iba también él a montar, cuando el insecto echó a volar, riendo a carcajadas y gritando:
- Ya eres mío, tonto; ahora te voy a estrellar.
Pero el aragonés comprendió en seguida que aquel endiablado animalejo se había precipitado, y al sentir el peso de las alforjas creyó que ya se había montado el chico, y por eso levantó el vuelo y desapareció.
Por fin pudo nuestro hombre continuar su marcha sin nuevas peripecias, hasta llegar a la cima. Ya en ella, vió unos maderos; y al lado de ellos una cajita de muy pequeño tamaña, colocada sobre una piedra. Cogió la caja, y, para cerciorarse a su satisfacción de que era aquella la de los deseos, dijo:
- Quiero encontrar dentro mis alforjas.

Metió la mano y, en efecto, las encontró, pero muy pequeñitas; sólo que, conforme tiraba de ellas fuera de la caja, iban recobrando su tamaño natural.
Conociendo ya que tenía en su poder la caja de los deseos, la cogió y echó a andar monte abajo, encontrando al pie a los militares, que al ver la caja pretendieron quitársela.
Ya estaba casi vencido el muchacho, cuando dijo de pronto:
- Deseo que os metáis en la caja, y los militares se achicaron y desaparecieron en la cajita.
La cerró el muchacho y se volvió a su pueblo.
En el camino se encontró un toro que le acometió.
Como no tenía ganas de correr, porque estaba cansado, dijo:
- Deseo que te entres en la caja.
Y el toro se achicó y entró.
De pronto salió un ruido tremendo del interior del mueble. Era que el toro se había encontrado a los militares y había una corrida completa.
Cayó entonces en la cuenta, el chico tuvo lástima de los militares y quiso que salieran; pero al salir estaban tan estropeados que apens podían moverse.
El muchacho es ya un hombre rico que tiene cuanto dinero le da la gana, pues no tiene más que desearlo, hace muchas obras de caridad y tiene fama de bueno...

FIN

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